Dolor


Cuando se habla de dolor inmediatamente se piensa en el aspecto físico, pues es una sensación que experimentamos desde que nacemos y con la que convivimos de una u otra forma a lo largo de nuestra vida: Podemos sentir dolor en muchas circunstancias y situaciones cotidianas, mismas que pueden causarnos una incomodidad, la cual puede afectar nuestras emociones y estas, al estar íntimamente conectadas, pueden alimentar e incrementar nuestro malestar.

La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) describe esta sensación como una “experiencia sensorial y emocional asociada a una lesión real o potencial”. En términos psicológicos, el dolor apenas comienza a tener una mayor relevancia en su estudio y tratamiento. Asimismo, al destacar esta definición como un “daño potencial”, se incluyen los casos en los que hay una sensación de dolor sin una lesión real, motivo por el que se puede hablar de una posible percepción del mismo en la que no se detecta una causa orgánica.

Hay diferentes elementos que necesitan ser explorados y analizados de manera individual cuando hablamos de dolor:

  • La experiencia dolorosa.

  • La intensidad del dolor.

  • La tolerancia al dolor.

Aunado a ello, el dolor se puede clasificar como psicológico y emocional, pues existen diferencias en ambos conceptos: mientras el dolor psicológico surge cuando se tiene como base una alteración de la rama simpática del sistema nervioso autónomo, (causante de la ansiedad) y puede ser tan intenso como el dolor emocional, este último es una experiencia subjetiva en la que la persona tiene una herida psíquica que nadie ve, la cual provoca un gran sufrimiento interno, mismo que es generado a nivel psicológico sin que exista ningún motivo o lesión física.

Cabe resaltar que el dolor emocional y el físico están vinculados, ya que cuando una persona tiene dolor emocional muy intenso puede generar alteraciones físicas reales y así somatizar el sufrimiento emocional, al convertir su molestia en una lesión física con diversas sintomatologías en diferentes partes del cuerpo, las cuales pueden abarcar desde dolores musculares, problemas en la piel, alopecias, vómitos, diarreas, episodios febriles, cefaleas y mareos, hasta problemas gástricos o disfunciones sexuales como disfunción eréctil o pérdida de la libido.

En casos muy extremos en los que el dolor psicológico es muy grande, puede provocar respuestas de histeria de conversión, que pueden aparecer en forma de bloqueos en las funciones básicas como el habla o el movimiento, e incluso perder la visión o la sensibilidad de alguna extremidad.

Independientemente de la causa del dolor, el origen del mismo puede recaer en el hecho de no saber gestionar las situaciones o no disponer de recursos psicológicos de afrontamiento adaptativos y resilientes.

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